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"Portada
del tomo #11
de la revista Cultural
Umbral"
Umbral es una Asosiación Cultural Peruana la cual
publica anualmente una seleccion de poesia, cuentos
y entrevistas de
escritores peruanos.
La cual incluyo en su to-
mo 11 al cuento Fuegos.
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El Sueño Es
un momento extraño. Como una desintegración absoluta
de todo mi ser. De mi ser material, porque en el mismo momento la
otra parte de mí, gravita, inmersa en cada partícula
del universo. En millones de partículas adheridas a cada
instante. A cada uno de todos los momentos y objetos de mi mundo;
de los que fueron, o quedaron como un anhelo. Hay sensaciones; plenitudes
a las que he llegado a fuerza de deseo.
Aquellos prados profundamente verdes; agitados como olas por el
viento de la tarde se deslizan hacia abajo; quedo yo a la orilla
del camino, suspendida en el principio de una larga travesía;
hacia un lugar desconocido. Solo aspiro el viento frío. Si
cierro los ojos, el final del sendero y lo ignoto del fondo de la
pradera son míos.
Nunca podré saber cuantas de aquellas tardes fueron ciertas.
O eran solo instantes fugaces de los que se valió la mente
para compensar, para justificar el inmenso hastío de alguna
espera inútil.
No siempre este juego da resultado, porque al final, si logro sustraerme
de esta vorágine de miedo siempre será mi casa la
que cobije este desconcierto; este anhelo de fuga. Irracional. Incontenible.
Por las calles me siento perdida; atrapada entre la selva de cemento.
El incesante ir y venir de máquinas y gente me desquicia.
Necesito poner en orden mis sensaciones; llegar a la parte más
profunda de mí, y asirme, con fuerzas nuevas a mi verdad;
recuperar mi ser; disgregado.
Esta puerta no es el principio ni el final; puedo abrirla mil veces,
como miles de puertas que abrí antes; que abriré después.
Como las que hubiera querido abrir y a las que no llegué.
Y las otras, aquellas que se abrieron para mí sin yo saberlo
jamás. Sin ser consciente de ello.
Como el día en que nací. Imagino la primera sensación
de color que llegó hasta mí. El blanco hostil de las
paredes; la tibia sensación de reposo que debió sentir
mi madre. El deseo inútil de las flores que no llegaron.
Su desencanto desvaído en aquella tarde de marzo.
O la luz de su primer beso en mi frente.
Solo quiero rescatar para este día la fuerza necesaria, la
certeza de que debo seguir. Solo ráfagas de vida que confirmen
mi existencia. Instantes de viento fresco que certifiquen mi camino.
Sólo un paréntesis.
Cierta vez en una estación del tren, sentí algo similar.
Desde que entré a la sala de espera comenzó a rondarme
una vaga sensación de angustia. Di muchas vueltas, tratando
de definir el por qué de aquello. La sensación persistía
mientras el tren se acercaba; se aceleraba hasta cortarme la respiración.
Era un sofoco inmenso que se agigantaba dentro de mí mientras
más inminente era la partida. Ya dentro del vagón,
mi desasosiego se tradujo en una certeza: ¿Había olvidado
algo? Quizá en el último minuto, durante alguna corta
despedida. En algún sitio.
Pero no. Tuve tiempo de repasar mentalmente mi equipaje, era tan
poco, pero todo lo valioso estaba allí; la música,
los libros, los recuerdos. Todo. Pero la inquietud persistía.
Cuando el vagón comenzó a alejarse, estalló
incontenible y una infinita sensación de náusea se
apoderó de cada parte de mi cuerpo; cerré los ojos
y no sé por cuánto tiempo gravité incontrolable
en un cruce infinito de caminos, sumergida en una tibia oleada de
dolor y desconcierto.
Luego, solo fue el tiempo acodado en los caminos, devorando uno
a uno los recuerdos. Años después descubrí
que solo fue el hecho de partir, y que aunque volviera, ya el paso
de mil trenes habría borrado toda huella. Fue entonces, que
pude definir esa sensación, la que me agobió en aquella
estación. Fue solo el presentimiento, esa sensibilidad extraña
que en algunos momentos libera el alma, y que nos revela contra
toda lógica, el final de algún camino. Yo amaba aquel
lugar; aquel viaje no era largo sin embargo duró demasiado;
más, mucho más de lo previsto.
Desde entonces un rezago de la nausea de aquella estación
gravita entre mis horas. Sobre todo en algunas épocas; algunos
días. Aflora a veces de mañana, al cruzar alguna avenida;
en los días de verano o cuando espero entre la gente. A veces
se materializa en mis sueños y crece frente a mí,
como una inmensa goma de mascar, gigante, se convulsiona amenazando
tragarme. Trato de liberarme; me debato con brazos y piernas; pero
es inútil.
El sueño se convierte en otro sueño y me encuentro
en el centro de un mar humano. Miles de brazos y cabezas se agitan
a mi lado. Lejos, muy lejos; más allá de donde ven
mis ojos, la marea humana se ondula infinita. Estoy perdida.
Abro los ojos justo antes del final. Aun giro lentamente en el centro
de mi cama. Giro y giro. Un vacío insondable me impulsa y
me retiene.
Abro los ojos; ya pasó todo. Vuelve la calma. Estoy cansada,
pero vacía. Vacía de esperas, de nauseas, de temores.
Muy lentamente vuelvo a soñar; yo sé que estoy dormida.
Malena Barrenechea
Atras
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Actualizada
el:
10/03/2004
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