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             Malena Barrenechea - Cuentos
 

 


"Portada del tomo #11
de la revista Cultural
Umbral"
Umbral es una Asosiación Cultural Peruana la cual publica anualmente una seleccion de poesia, cuentos
y entrevistas de
escritores peruanos.
La cual incluyo en su to-

mo 11 al cuento Fuegos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Fuegos

Mientras asegura con movimientos mecánicos la pequeña puerta del corral, sus ojos asechan voraces la débil luz de la casita del valle. Ya no hay movimientos, sólo la luz.
Adentro estará el Faustino; con ella, quitándole el frío. Queriendo a la Lucila. Maldita la Lucila.
- ¡Maruja! Y ella acude al llamado de la madre, presurosa:
- ¡Habrás trancado bien la puerta, no sea que dentre otra vez el zorro! Asiente la Maruja, y con su gesto hosco de siempre se acurruca en la cama.
A solas, en la noche, puede pensar tranquila, sin los gritos de la madre, sin nada que no sea él. Faustino. Desde chiquita ella lo quiso; tan viejo ya, le decían; y borracho; pero cuando él comenzó a perseguirla ella empezó a florecer. Sus manos, su cuerpo. Y en las tardes, por todos los rincones del campo, ella calmaba su sed. Se estremecía con los juegos del Faustino.
Una y otra vez maduraron los campos:
- Ya nos juéramos de asiento pa'abajo-, pero ella seguía pensándolo
- ¡pa' que te mueras de hambre, pa' que te arree a patadas!- no descansaba su madre.
- El Manuel quiere sacarte, hasta se casan dice. Salte de una vez con él; tiene casa ya, y cuando se muera el Santos, todo será para ustedes-. Pero por más que lo pensaba, por más que sabía que era cierto, no podía. Faustino. Y corría tras él, tras su risa, tras la fuerza del Faustino.
Fue cuando lo pensaba. Cuando estaba dudando, que apareció la Lucila. Decían que llegaba del Tambo, huérfana a la casa de sus tíos.
Nunca antes la había visto. Decían que tenía dieciseis años, que era bonita, que tan largas sus trenzas, que era blanca, que hasta parecía gringa. Tanto decían. Todo de ella. Todo de él.
Y a ella se le acabó el tiempo, ya no tuvo nada en qué pensar. Y corría en vano. Para ella ya nunca más estuvo el Faustino. Por todos los rincones del campo mordió sus carnes el vació, la llenó el silencio. Por las mañanas, con el sol quemando sus recuerdos, estrujó sus ansias; ardiendo en su locura, cansada de esperar, se durmió mil veces en todos esos rincones. Faustino.
Que él y la Lucila se juntaran y se fueran a vivir juntos fue inevitable. Ni siquiera tuvo tiempo de imaginarlo.
Desde su casa del cerro aprendió a vivir la vida de ellos, a vivir con sus horas, a espiar su amor. El acecho se hizo una costumbre; como un animal. Siempre espiando, siempre esperando. Como el zorro, como el lobo.
Cómo cambió el Faustino. Ya no era más un borracho. Cuando creció la barriga de la Lucila, él comenzó a trabajar más fuerte. Solo vivía para trabajar y para querer a la Lucila.
- ¡Maldita!-.
Todavía no nacía su hijo cuando él encontró un trabajo en la ciudad.; salía de madrugada. A las cuatro ya se estaba yendo para subir al camión de la leche. A las cuatro y media pasaba el camión. Tres veces ella lo siguió; enloquecida de amor se aferró a él. Primero; la rechazó con dulzura. Después, le dijo que lo olvidara.
- Ya tengo responsabilidades, la Lucila, mi hijo- . Estremecida de dolor, corría a su casa, jadeando de odio y deseo.
Hasta que nació el hijo. Cuando llegaba la quincena, él y la Lucila, con su hijo a la espalda, se iban por su sueldo. Volvían repletos de luces. La Lucila con sus vestidos floreados; hasta zapatos tenía. Y su hijo. Y él.
Ya estaban comprando madera. Se harían una casa grande. Todos decían. Todos sabían. Es lindo el hijo, hablaban. Hombre además. Si se murieran la Lucila y su hijo.
Allí, acurrucada en su cama, ella era feliz cuando soñaba. Cada noche, estremeciéndose de amor, retornaba a su Faustino, a los juegos del Faustino. Y ya no estaban ellos; ni ella, ni su hijo; ni su madre, ni el corral ni el frío ni el adiós.
No le costó nada decidirse. Hasta tramar el último detalle había sido simple
-Dirán que se desparramó el kerosén, que se cayó la lámpara-.
Desde el mismo anochecer estuvo ella acechando. En la casa de abajo se acostaron muy temprano. Sólo los perros en la noche. Ella y los perros.
Llegó la madrugada y a las cuatro salió el Faustino. Como siempre, lleva la linterna para alumbrarse. Ella, a lo lejos, lo mira alejarse, hasta que desaparece la luz de la linterna. Y aún espera; cuando el Faustino sube al camión de la leche, ella desciende lentamente hasta llegar a la choza. Será fácil, cuestión de un ratito. Tiembla, pero tiembla de amor, no puede controlar su felicidad. Se acerca muy despacio y, con las cabuyas que ha preparado, ata lentamente la puerta; se da el trabajo de hacerlo de abajo a arriba, de arriba a abajo. La Lucila no sentirá nada, se despierta tarde; dicen que el Faustino toma su desayuno en la obra. Ni desayuno le prepara. Ni eso hace. La maldita
Tras hacer el último nudo, prende el trapo empapado de kerosén y lo arroja a la parte de atrás; así, cuando sienta el fuego ya nada podrá hacer. Y aunque lo sintiera antes.
No puede evitar la deforme sonrisa cuando, en loca carrera, se lanza cerro arriba, hacia su casa. Despertará con su madre. Tiembla convulsa frente al fuego que estalló esplendoroso en medio del valle. Por la tarde, cuando llegue el Faustino, ella estará allí, llorará con él, le tenderá las manos, lo abrigará del frío. Tiembla. Lo amará otra vez. Por todos los rincones del campo la perseguirá otra vez. Y la alcanzará. En todos los rincones. Faustino.
En la ciudad, cerca de las obras, del camión de la leche baja la Lucila con su hijo cargado a la espalda. Se detiene entumecida. Tanto frío. Hace varias noches que cae muy fuerte la helada. Con razón se enfermó el Faustino; se hizo el valiente, pero hoy ya no pudo levantarse. Tanto que quemaba. Dizque el ingeniero lo bota si falta, -Si alguna vez no puedes venir, avisa con tiempo, siquiera para ver tu reemplazó y no perder el día-. Por eso vino ella, por eso está allí; hablará con el ingeniero, lo pondrá al tanto de todo y con las mismas regresará. No sea que la enfermedad del Faustino sea grave. Con tanta fiebre. Y tanto frío que tendrá el pobrecito en la choza. Pobrecito. Tan solo. Y con tanto frío. Faustino. Y corre.

Malena Barrenechea   

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   Actualizada el: 10/03/2004