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"Portada
del tomo #11
de la revista Cultural
Umbral"
Umbral es una Asosiación Cultural Peruana la cual
publica anualmente una seleccion de poesia, cuentos
y entrevistas de
escritores peruanos.
La cual incluyo en su to-
mo 11 al cuento Fuegos.
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La Espera
Para llegar al pequeño puerto hay que salir de la carretera principal y
entrar por un largo camino polvoriento hasta llegar al muelle que hoy se extiende
vacío al borde de la carretera antigua. Es ya un ramal en desuso, desde
que la nueva vía convirtió en innecesaria la entrada a la caleta
de San José.
Conforme uno avanza aparecen en fila una serie de kioscos y restaurantes; siempre
están cerrados, salvo en verano que abre alguno para recibir a los escasos
visitantes.
Seguidamente se ven las casas del pueblo, alineadas ampliamente a lo largo de
una ancha calle. Son casas grandes; con bastas esteras dando sombra a los portales
en los que no falta una hamaca con un niño dormido o alguna anciana tejiendo;
además de un inefable perro, que echado sobre sus patas observa indiferente
cuanto sucede. En todas las puertas hay redes amontonadas. Se ven pintorescas.
Resaltan las pequeñas boyas de corcho, pintadas de brillantes colores.
Pegadas a la pared, estas redes sirven de mullido cobijo a los juegos y al descanso
de los niños.
Por dentro son casa acogedoras, de patios amplios, donde las higueras llenan de
miel el lento hastío del verano.
Desde todos los ángulos se observa el mar y el viejo faro que aún
vigila, incansable, el retorno de los barcos.
Cerca al faro conocí a Talula. Yo estaba sentado en la orilla, tratando
de asimilar mis propias distancias, nutriéndome con la imperiosa fuerza
de las olas. Ella apareció lentamente por la playa, ajena a mí,
absorta en la danza de colores que dibujaba el ocaso al final del horizonte.
Lentamente caía la noche. Pero pude ver el fondo claro de sus ojos color
miel, escuché su voz, repleta de matices, cubierta de largos silencios
y aunque fugazmente, sentí que Talula era parte del mar, el eje de la espera
del faro; y su hermoso rostro se cubría también de aquel inasible
polvo de olvido que bañaba el pueblo. Talula era parte del mar.
Al final de la calle, frente a la inmensa fábrica de hielo; también
cerrada, alquilé una casa muy grande, que, a deferencia de la mayoría,
tenía, aparte de la higuera del patio, una más grande en la puerta.
Con sus amplias ramas cubría de sombra fresca el verano y luchaba estoica
con los helados y húmedos vientos de invierno.
En la amplia sede instalé una librería a la que siempre acudía
algún curioso. Se vendían pocos libros. Muchos se prestaban. En
cambio, si tuve que renovar muchas veces las cartulinas y papeles de colores para
los chicos de la escuela.
Talula fue desde el principio mi más asidua compañía y desde
su primera visita fue desgranando lentamente su historia. Sus largos recuerdos
fluían densos y crujientes desde el fondo de sus huesos.
Tenía dos grandes recuerdos, el de una mustia y sombría madre, que
aún después de muerta vigilaba en la puerta, la llegada de un padre
siempre ausente, y el otro, el del marino que la amó durante todo un verano
bajo sombra del faro, pero que un día desapareció llenando el tiempo
de olvido.
Cuando marchó el marino, también Talula quiso irse, olvidarlo todo,
deshacerse al fin de las profundas raíces de la higuera. Del callado reproche
de la madre ausente. Talula quiso irse.
Después de colocar las dos maletas en el umbral de la puerta, se acercó
hasta la higuera para mirarla por última vez; fue entonces cuando cayó
de bruces. No sintió dolor, sólo un sopor extraño que la
invadió de golpe y la dejó girando en un túnel de colores.
Esa tarde supo que estaba embarazada, y cosa rara , se le acabó la prisa.
Estuvo muchas horas, muchísimas, sentada en la banca del patio; perdida
entre certezas y recuerdos. Diluida para siempre en un círculo de espera,
en el que gravitaba ya, desde mucho antes. Antes aún de lanzar su primer
vagido una fría mañana de agosto en la caleta de San José.
Seis meses más tarde, Talula tuvo un bebe; un niño que nació
muerto y al que ella mandó enterrar al fondo del patio, justo detrás
de la higuera.
Desde entonces ya nunca pensó en irse del pueblo, poco a poco se hundió
en un marasmo que cubrió su vida mucho antes de la tarde en que la conocí.
Por las tardes, al comenzar la caída del sol, ella se dirigía hacia
el mar, caminaba lentamente dibujando el horizonte en su mirada. Al llegar a la
playa, parecía sostener un largo diálogo con el mar, y después
de observar largamente el faro, se alejaba de la playa, junto a la noche que caía.
Por las noches, la luz de su habitación permanecía encendida. Yo
sabía cuanto le gustaba leer. Algunos eran libros que yo le prestaba, pero
sé, que ella tenía muchos también, sobre todo, uno marrón
con pequeñas letras negras en la tapa. Era su favorito. Al comienzo, en
un largo poema hablaba de arboles y de tiempo; al final de la hoja, en un largo
poema que ella desolada aún trataba de entender, enunciaba el olvido como
meta, como germen eterno latiendo aún antes del principio.
También a mí me dejaba una larga sensación de desolación
cada vez que lo leía. Supe que se lo regaló el marino.
Con el paso de los días su apacible rutina se llenó de agitación.
Largas y ruidosas oraciones eran precisas para calmar sus miedos; compungida desgranaba
interminables listas de pecados que la torturaban día y noche, vislumbrando
horribles escenas del infierno que la aguardaba. Las pocas veces que se aventuraba
a salir de casa, caminaba de prisa, huyendo de imaginarios aviones que inexorablemente
irían a caer sobre su cabeza.
Talula se debatía en el débil umbral de la inconsciencia.
En nuestras últimas conversaciones supe de sus extraños temores.
Ya no leía. Después de mucho tiempo de olvido absoluto volvió
a recordar al hijo perdido y regresó a la banca junto a la higuera en una
espera que ya no alumbraría jamás.
Cuando por fin, el cansancio la doblegaba, desde el fondo de sus sueños
un niño muy parecido a ella la miraba muy serio, tenía los ojos
color de miel, le extendía las manos, pero cuando ella se acercaba para
tomarlo, él, comenzaba a alejarse hasta desaparecer por un túnel
sin fin. Al despertar ella continuaba largas horas con la miel de aquellos ojos
navegando en sus labios.
Yo sentía que mi estancia en el pueblo llegaba a su fin, y Talula que fue
el encanto de tantas horas, se apartaba también de mi.
Una tarde le pregunté si no quería irse del pueblo, me miró
extrañada y mientras le hablaba de luces, de calles repletas de vida que
podrían acogerla, ella deslizó sobre mi una larga mirada y musitó
casi en silencio -Tu no entiendes-, y cubierta de un infranqueable manto de abatimiento
se alejó hacía la playa.
Durante esa semana no volvió a acercarse a mí, ni yo la busqué,
atareado en preparar mi partida.
El día viernes amaneció muy nublado. Un viento helado y lleno de
contradicciones azotaba fuertemente la costa cubriéndolo todo con una brisa
salada.
A las cinco de la tarde una densa cortina de niebla hacía imposible distinguir
la playa y una extraña agitación hacía rugir el mar, en el
aire se mezclaban plásticos de colores y papeles viejos que salían
disparados de los techos de las casas. Fue entonces cuando una fuerte paraca comenzó
a girar en la tarde. Un ensordecedor rugido del mar me mantuvo abrazado a la higuera
sintiendo de pronto que el cielo y el techo caerían sobre mí. Pensé
en Talula; sabía que era la hora de su cita con el mar.
Dijeron después, los que pudieron verla, que Talula estaba como siempre
en la playa, que el viento azotaba en desorden sus cabellos, que en silencio sus
labios dibujaban una pequeña sonrisa.
Dicen que sentada y absorta parecía escribir algo en la arena. Dicen que
la ola era inmensa y que se levantó de pronto en medio del mar avanzando
rauda hacia la orilla. Que miles de gritos la advirtieron ¡¡¡TALULA!!!,
pero ella pareció no escucharlos. Al retirarse la ola, ningún rastro
quedaba en la arena.
Después, muy despacio fue llegando otra vez la calma. Junto a la tarde
que moría se aclaró el cielo y en el horizonte marino, como todos
los días, jugaban suavemente los ardientes colores del ocaso.
Al siguiente amanecer, reinaba la calma en la vieja caleta de San José.
Solo quedaban los cimientos del antiguo faro. Busqué terco en la playa,
pero no hallé ningún rastro de lo que aquella tarde pudo escribir
Talula en la arena.
José A. Otoya - Malena Barrenechea
Ganador Lundero de Oro Categoria Cuento Juvenil - 1999
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Actualizada
el:
10/03/2004
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